-Estás cumpliendo. Tres días, tres textos. Y me están gustando. Pensé que no ibas a llegar ni al segundo.
-Gracias por la confianza, por eso sos mi amigo. Si, es todo una aventura para mí. -Hubo una pausa y un gemido sufrido me saco de mi silencio.
-Me abruma la incertidumbre que me empapa con las lágrimas de aquella muchacha... Me gustaría preguntarle qué le pasa...
-No seas boludo, sentate, no te metas en los problemas ajenos... Decís que ni sabes cómo resolver tu vida, ¿y ensima le querés sumar asuntos externos?
-Creo que si uno quiere cambiar el mundo, tiene que cambiar su mundo. Yo ademas estoy queriendo salvar mi mundo. Quizá ver si la puedo hacer sentir mejor me levanta el ánimo para seguir adelante...
-No puedo creer que después de tanta depresión salga un poco de optimismo de tu aura. Está bien, no te puedo recriminar eso... Solo espero que no sea solo para chamuyártela.
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Era el fin del mundo. No había nada que hacer. No eran meteoritos, no había zombies, no nos estaban envolviendo violentamente los océanos, ni había bajado una raza alienígena para someternos a su despiadado reinado intergaláctico. No. Esto era aún peor. Era de verdad. Podía ver como la llama de la vida se iba extinguiendo frente a mis ojos, junto a todo el paisaje que me rodeaba. Yo quería salvar el planeta. Tenía ese afán como muchos por dar un empujón a la evolución de la consciencia humana. Pero se estaba acabando el mundo. Y ahora solo quería salvarla a ella, y darle un abrazo... Pero no había nada que hacer. La tenía frente a mí, su rostro era la única imagen que podía distinguir de ese paisaje que se había esfumado como el humo de un cigarrillo enredado al viento. Yo permanecía inmóvil. No había nada que hacer. Era el fin. Me estaba muriendo. Y yo que quería salvar el mundo. Ahora solo quería salvar mi mundo.
El brillo de sus lágrimas se esparcían como las estrellas en el espacio en el que solo existía su cara. Su mirada fue luna, y sus ojos el túnel.
Entonces ya no importó más nada.
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