Ahí estaba el secreto...
No había por qué soportarlo...
Cuando crecemos nos meten en la cabeza la idea de que llorar está mal, de que la tristeza no es un estado natural en el ser humano, y que significa una enfermedad emocional. Pero... Si lo primero que hice cuando vine al mundo fue llorar, entonces, ¿Por qué habría de estar mal?
Pongamos lo de otra manera, o mejor dicho a la inversa. ¿Intentarías acaso soportar la alegría? Qué tarea ardua para aquél que procura hacerlo. Uso éste ejemplo ya que, la alegría, es antípoda del dolor, su opuesto complementario. Siempre la experiencia del tormento es la que nos lleva a comprender la gracia de la calma, a sacarles el juego sin que valgan menos. Es la oscuridad la que ilumina. No porque de ella surja un haz de luz del cielo que nos guíe, sino porque entre las tinieblas el faro que se enciende, emerge de nuestra propia claridad, la cual alcanzamos al aprender y fortaleciéndonos con los suplicios que regala la vida. No hay dolor que soportar, hay que dejarlo ser, que nos invada como dejamos a la alegría, y así, si bien no va a desaparecer instantáneamente, no va a haber tampoco resistencia que opongamos a que pueda pasar, y como cualquier río que fluye naturalmente, se transformará.
El correr del agua en el caudal es lo que evita que se estanque y de la misma manera el transcurrir de las emociones en nuestro ser.
La próxima vez que alguien me pregunte por qué estoy llorando, mi respuesta será:
"Porque fue lo primero que hice cuando vine al mundo"