jueves, 10 de octubre de 2013

Medicina

Me encuentro aquí esta vez, entre los rincones de mis versos, de mis palabras... de cada una de mis letras, impulsado por la búsqueda de aquellas respuestas que calman la ansiedad del artista, la cual es generada por un mundo, o mejor dicho, un entorno socio-cultural, que ha roto las fronteras hasta contaminar casi la totalidad planeta, y que nos induce a explotar nuestra creatividad cual sistema de producción integrado por máquinas. 
Nos hizo olvidar la forma en la que se desarrolla el respiro, lo cual oculta tras su automática simpleza, algo fundamental, ligado implícitamente con la manera en la que se despliega la existencia: el principio de contracción y dilatación. Porque de la misma forma en la que el aire se expande en nuestro interior, hinchando nuestros pulmones, frena, y hace el proceso inverso hasta detenerse de nuevo, para así volver a empezar, se manifiesta el proceso que atraviesa toda cosa que he podido observar en esta realidad. Lo podemos ver con detalle en la vegetación. Contemplar la experiencia del árbol puede enseñarnos esto con facilidad. Él, da a luz a sus hojas al amanecer la primavera, y lucha contra la intermitente temperatura, hasta que esta se asienta, y entonces, florece. Expone sus en-cantos el tiempo que sea necesario para que inminente-mente estos se desprendan y suelten la semilla que será llevada a un lugar específico, otorgado por un orden qué está más allá de nuestra percepción mundana. Así se mantiene por un tiempo, hasta que de nuevo, el acontecer de los días traen consigo al otoño habiendo transitado el espeso verano, para poder exhalar lentamente el follaje con el que se vistió en esa particular y única fase de su vida. Una vez ya convertido solo en madera, se halla vacío, a tal punto que la llama de su esencia se resguarda del filoso frío en lo más profundo de su centro, protegido por su coraza-armadura-corteza, aparentando haber apagado el fuego de su vitalidad. Esto no quiere decir que haya muerto, pues su savia sigue corriendo por todo su cuerpo. A lo largo de éste procedimiento, además, realiza una retro-alimentación con las hojas que ha dejado caer; que desintegradas al compás del reloj que yace, latiendo imparable, en el núcleo de la tierra, y empujadas entre el suelo por el llanto del cielo, nutrirán sus raíces con la consecuencia su creación, hasta volver a asomarse la primavera, para comenzar un nuevo ciclo, que si bien se repite por su esencia, es singular frente a los ojos del espíritu universal.
Así es como deberíamos pararnos frente a la vida, comprendiendo y aceptando los procesos que nuestro ser debe atravesar para desenvolverse con naturalidad. Llenarnos el alma con experiencias, alimentando nuestra consciencia como alimenta el respiro, inhalando el aire que nos rodea, el cual viene cargado con la historia de todo lo que percibimos de nuestro entorno socio-cultural, para retenerlo y asimilarlo. Darle una forma, para volverlo fruto en la construcción de una obra, despegarnos de ella entendiendo que su curso ya no dependerá de nuestro canto ni nuestras manos, liberando al viento la semilla que dará lugar a nuevas creaciones, hasta haber exhalado todo el aliento, y nutrirnos con las consecuencias de lo que hacemos, para que así, una vez más, vacíos de inspiración, elijamos el alimento que llenará nuestros tinteros con nuevas experiencias, repitiendo el ciclo de la creación, aunque no de la misma manera. Ya que el bucle del ciclo no tiene que ver con la incapacidad de avanzar, si no más bien con la espiral ascendente que somos nosotros mismos, con nuestra única percepción y modo de expresión. 
La singularidad del sonido de nuestra voz.